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Eva cerró sus ojos mientras el agua caía por su cabeza y le refrescaba todo el cuerpo. El entrenamiento de hoy había sido muy duro, pero sabía que todo el esfuerzo dado acabaría valiendo la pena. Llevaba 5 años compitiendo de manera profesional como gimnasta rítmica, y pese a lo joven que era, se había convertido en toda una promesa del deporte. Aunque desde hacía un par de semanas, una nueva alumna del centro de alto rendimiento le estaba empezando a hacer sombra. No conocía ni siquiera su nombre, pero para su entrenadora Esther, la chica nueva se había convertido en su ojito derecho. No había práctica, salto o ejercicio realizado por la nueva intrusa en el que Esther no le felicitara con una gran efusividad. Aquella situación llevaba molestando a Eva desde hacía varios días y no conseguía quitarse a ambas chicas de la cabeza. En ese momento Esther, la entrenadora, entró en los vestuarios y empezó a desnudarse.

Por lo visto ya solo quedaban en el centro ellas dos, así que Eva sospechaba que Esther aprovecharía ese momento de intimidad para darle alguna de sus charlas típicas sobre el esfuerzo y la superación. Ambas se saludaron y Esther escogió la ducha más próxima a Eva. Desde luego, parecía que se avecinaba un discurso de los buenos. Esther enjabonó su cuerpo terso y definido mientras miraba atentamente a los ojos de Eva. Esto incomodó un poco a la joven, que se giró hacia el lado opuesto intentando ocultar su rostro rojo por la vergüenza. Y es que Eva aún no se había acostumbrado a ducharse delante de sus compañeras y mostrar su cuerpo al natural, y la presencia de su profesora le ponía aún más nerviosa. – Eva, ¿puedo cogerte un poco de tu champú? – dijo Esther acercándose a su alumna con una sonrisa. Pocas veces había visto a Esther sonreír, con lo cual Eva sospechó que algo ocultaba en sus palabras. – No te asustes, Eva. Que ya sabes que no muerdo. Quizá he sido un poco dura contigo esta última semana, pero sabes que la competición es muy dura y quiero que seas la mejor de toda la clase – dijo Esther acercándose todavía más y reduciendo el espacio que quedaba libre entre ellas. – Tienes un cuerpo tan bonito… sólo quiero ayudarte a conseguir lo mejor de ti – continuó Esther, pero esta vez acariciando el suave e incipiente pecho de Eva.

Eva no entendía muy bien lo que estaba pasando, pero de repente sintió una atracción enorme hacia su profesora de toda la vida. No sabía cómo reaccionar ni qué decir, así que optó por dejarse llevar y ver hasta dónde Esther era capaz de llegar. Continuaron unos segundos frente a frente, mientras el agua y el vapor rodeaban sus cuerpos desnudos. De repente, Esther acercó su rostro húmedo hasta colocarlo al lado del de su alumna, y le susurró al oído “quiero tener sexo contigo, aquí y ahora”.

Una oleada de pasión inundó los cuerpos de ambas, haciendo que se abrazaran y sus pechos chocaran los unos con los otros. Todo el erotismo acumulado durante tantos años, se destapó en tan sólo unos segundos. Esther, viendo que Eva era una novata en estos temas, le dijo que no se preocupara, que le guiaría en todo momento en su juego salvaje. Así, la profesora se arrodilló frente a la alumna y empezó a chupar el sexo de ésta. Introdujo la lengua en su vagina y comenzó a jugar con los labios de la joven. Con cada lametazo, Eva se retorcía de placer, poniendo aún más cachonda a Esther. Tras el cunnilingus, ambas empezaron a juguetear con sus clítoris y a lamer los pezones de la otra. A Eva le sorprendió cómo podía ser capaz de disfrutar tanto de todo aquello. Desde luego, ya no había vuelta atrás. Eva y Esther estaban totalmente entregadas y se masturbaban mutuamente mientras el agua de la ducha seguía cayendo sin cesar.

Entre jadeos y gritos de placer, ambas alcanzaron el orgasmo más puro en manos de la otra. Sus cuerpos sudados se sacudían con fuerza cada vez que se penetraban con la ayuda de sus dedos. Nadie como una mujer es capaz de proporcionar placer a otra mujer, y para Eva, en aquel momento se abrió un nuevo mundo ante sus ojos. Su propia entrenadora, la persona con más autoridad y más respetable que había conocido en su vida, se había convertido de repente en una mujer apetecible con la que quería seguir practicando sexo el resto de su vida.

Después de que ambas recuperaran el aliento tras la acción sexual, Esther besó en la boca a Eva, empujando para que la abriera y así sus lenguas se juntaran y se retorcieran de placer. Tras el beso, ambas se secaron el cuerpo y se vistieron acompañadas por un silencio sepulcral. Por fin, antes de marcharse, Esther se giró y dijo:

– Hasta mañana, Eva. Espero que mañana podamos volver a ducharnos juntas a la misma hora -. Guiñó un ojo a modo de complicidad y se marchó por la puerta.

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