Después de un poco de sexo oral, había llegado el momento de cruzar la línea del bien y del mal y adentrarnos en el sexo más duro y perverso que te puedas imaginar. El bondage, más que una práctica sexual, era como un estilo de vida para mí. Estaba deseando que aquel hombre me atara de pies y manos hasta someterme a todas sus órdenes. Teníamos todo lo que necesitamos para nuestras perversiones sexuales en aquel local dedicado al sadomasoquismo, por lo que únicamente tuvimos que pasar al cuarto oscuro y follar como auténticos posesos mientras cualquiera pudiera vernos en acción. No sé qué me daba más morbo, si tener sexo sucio con aquel completo desconocido o tener público que pudiera llegar a excitarse mientras nos veía follar.

Nos acercamos hasta un potro de tortura que estaba pidiendo a gritos ser usado por nosotros. Sólo con verlo, me excité y dejé que él me atara sin oponer resistencia alguna. Se trataba de una especie de tabla inclinada con cuerdas en todos sus laterales, de modo que podía atarme todo el cuerpo haciendo imposible que pudiera escapar. Una vez completamente desnuda y atada, él empezó a juguetear con mi cuerpo a su antojo. Me sobó las tetas hasta que mis pezones se pusieron duros como diamantes. Yo no podía moverme lo más mínimo, y es aquí donde residía el mayor morbo del asunto. Con los ojos bien abiertos, seguía cada uno de sus movimientos y me excitaba pensar en cuál iba a ser su siguiente paso, pero siempre me sorprendía y conseguía excitarme como una perra.

Totalmente abierta de piernas, pasamos de los juegos preliminares a que me follara duro y hasta el fondo. Mirando al techo y entregada al cien por cien ante tal semental que me estaba petando bien duro el coño, experimenté algunos de los mejores orgasmos de toda mi vida. Empecé a enlazar uno con otro, perdiendo la cuenta de todos los que había tenido. Su sudor y el mío se mezclaban sobre aquel potro de tortura, consiguiendo que la temperatura de la estancia aumentara por momentos. Si giraba un poco la cabeza, podía ver como varios hombres y mujeres nos observaban mientras se masturbaban abiertamente delante de nosotros. Aquello consiguió ponerme cachonda perdida, ya que era la guinda de aquella follada magistral.

Gemía y gritaba como una puta perra con cada embestida que me metía aquel tío. Tanto escándalo estaba armando que me tuvo que poner una mordaza en mi boca para acallar mis alaridos de placer. Yo seguía gritando con la boca tapada, haciendo que los aullidos quedaran mitigados en gran medida. Igualmente seguí gritando y demostrando todo el placer que estaba sintiendo en aquel momento. Mi chocho lubricado estaba recibiendo polla sin parar, notando así todo su calor y fuerza dentro de mi propio cuerpo. Ya sólo faltaba que aquel hombre me llenara de leche caliente y espesa, cosa que no tardó en ocurrir. Una oleada de semen caliente entró directa en mi coño y me dejó extasiada y sumida en un placer total.

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