cita a ciegas relato erotico

Tras la encerrona de sus amigos para presentarle aquella chica tan despampanante, finalmente la cita a ciegas había resultado mejor de lo que esperaba. Ella era una chica preciosa e inteligente, y desde luego que le atraía sexualmente desde un primer momento en el que la vio. Ya en la cena se respiraba una complicidad increíble, y tras despedirse de sus amigos, se creó la típica situación tensa en la que ninguno de los dos sabía qué hacer. Afortunadamente, fue ella la que rompió el hielo, proponiéndole tomarse la última en su casa.

Al principio, los dos estaban un poco tensos, pero poco a poco, y gracias al champán, se fueron soltando y relajándose por completo. Tanto es así, que en un momento de risas, él aprovechó para acercarse y besarla. Ella se mostró receptiva, abrazándole y rodeándole con sus brazos alrededor del cuello. Sin duda, la pasión que sentían era mutua. Sus manos se acariciaban y rozaban con total suavidad, sin ningún tipo de brusquedad.

Por fin, fue él el que dio el primer paso para desnudarse. Se desabrochó la camisa dejando su torso al desnudo. Ella le ayudó a quitársela por completo, y después se quitó la blusa y el sujetador, casi al mismo tiempo. Sus tetas caían con suavidad, quedando en una posición perfecta para que él las tocara con sus manos. Tras un toqueteo de prueba, él empezó a chuparle los pezones. Estaba deseando tocarlos con su lengua, y no quiso resistirse más. Ella se puso muy cachonda. Se notaba porque sus pezones se habían puesto duros como una piedra. Así, ambos se levantaron y se desnudaron por completo, hasta quedar uno enfrente del otro.

Ella le cogió de la mano y se lo llevó a su habitación. Una vez allí, él se tumbó boca arriba y ella se puso a horcajadas sobre él. Frotó su vagina húmeda contra el pene erecto de él, logrando así ponérsela aún más dura. Tras ese roce superficial, ella le agarró la polla y se la metió entera en su coño hasta el fondo. En aquella postura sexual, ambos quedaban encajados perfectamente. Ella movía sus caderas sin parar, frotando con su vagina toda la superficie de su glande. Estaban tan lubricados que la sensación era tremendamente placentera.

Él, por su parte, empujaba su cintura hacia arriba, penetrándola así sin parar en ningún momento. El sudor inundaba sus cuerpos, haciendo más fácil que resbalaran sus sexos. El frenesí era tan absoluto, que aceleraron el ritmo para alcanzar el deseado orgasmo. Entonces, él no pudo más y reventó en una explosión de placer, eyaculando dentro de la vagina de ella. Poco después, ella vibró de placer y se estremeció al alcanzar también el orgasmo.

El tiempo se detuvo por unos minutos, mientras ambos se recuperaban de semejante fiesta sexual que acababan de protagonizar. Se tumbaron uno al lado del otro, manteniendo el contacto y el calor de sus cuerpos completamente desnudos. Se besaron con la tranquilidad que da haber echado un polvo en condiciones, hasta que el sueño les ganó la batalla y durmieron abrazados toda la noche.

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