Tal y como os contaba, mi mejor amiga y yo nos encontrábamos de repente follando entre nosotras y experimentando el sexo lésbico por vez primera. Yo tenía una sensación en el cuerpo entre miedo y deseo, haciendo aún más intenso el placer que me provocaba el simple roce de sus labios con mi piel. Ya habíamos jugueteado con nuestras tetas todo lo que quisimos y más, así que ya era hora de pasar a la acción total y recrearnos con nuestros chochitos calientes mutuamente. Yo nunca antes había masturbado una mujer, y mucho menos le había comido el coño. No obstante, me sobraba práctica porque yo misma me había hecho un dedo en multitud de ocasiones, así que sabía muy bien cómo y de qué manera tenía que acariciar y rozar el clítoris para conseguir un placer indescriptible.

Tras el jugueteo previo, mi amiga me cogió de la mano y me llevó a otra estancia de la casa. A mí me daba absolutamente igual donde me llevara, porque sabía que si me dejaba llevar por ella no tenía que tener ningún miedo. Cuando llegamos a la puerta del cuarto de baño, sonreí y entendí que quería que nos ducháramos juntas y disfrutáramos del sexo de un modo húmedo y refrescante. Sin preguntarme, abrió el grifo de la bañera y con un gesto me obligó a meterme dentro. Yo no rechisté en ningún momento, ya que todo lo que me ofrecía hacer me parecía bien. Lo que más me apetecía ahora era revolcarme con ella mientras una intensa lluvia de agua nos sumergía a las dos en un éxtasis impresionante.

Mientras el agua acariciaba nuestros cuerpos desnudos, ella empezó a arrodillarse y a hundir su cabeza entre mis muslos. Podía sentir como su lengua intentaba alcanzar mi coñito y meterse en él para hacerme enloquecer de placer. Mi amiga movía su lengua con una habilidad alucinante, haciéndome sentir como una verdadera diosa del sexo en aquel momento. No negaré que disfruté de aquel polvo como nunca en mi vida lo había hecho, ya que con aquel cunnilingus logré llegar al orgasmo en repetidas ocasiones. De repente, me di cuenta que yo también tenía que hacer mi trabajo para que ella disfrutara al mismo nivel que yo, así que aparté su cara de mi coño y le dije que ahora le tocaba a ella.

Chupé y lamí los labios de su coño como si no hubiera un mañana, inundando mi paladar de su sabor y calidez femenina. Después empecé a penetrarla con mi lengua, provocando en ella oleadas de placer y suspiros que parecían no tener fin. Su cuerpo se estremecía cada vez que rozaba el punto G, tensando así sus piernas y demostrándome que estaba gozando como una puta perra, tanto o más que yo. Y es que pensaba que mi parte ahora sería mucho menos divertida e interesante, pero nada más lejos de la realidad. Comerle el coño a mi amiga fue una experiencia alucinante que, tras esta primera vez de prueba, volveríamos a practicar siempre que tuviéramos la ocasión.

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