comiendote las tetas relato erotico

Cuando te invité a mi casa, mi verdadera intención no era que viéramos una película sentados en el sofá mientras comíamos palomitas, ni mucho menos. El verdadero motivo por el que te llamé era para que acabáramos follando como dos animales en celo. Hacía bastante tiempo que no nos veíamos, y sabía que la tensión sexual acumulada entre nosotros seguiría tan activa como siempre. Y es que era muy difícil poder resistirse a tus encantos de mujer. Tu buen par de pechos seguían reclamándome cada vez que los veía. Me sentía tremendamente atraído hacia ellos como un imán es capaz de atraer el metal.

Te abrí la puerta de mi casa sin camiseta. Quería que me vieras predispuesto desde un principio y que intuyeras mis intenciones reales de aquella cita. Además, el tremendo calor que hacía era la excusa perfecta para ir tan ligerito de ropa. Tú me diste un par de besos y nos sentamos en el sofá algo tímidos. Te ofrecí algo de beber, pero entonces tú me sorprendiste acercándote hasta mí y plantándome un beso en toda la boca. Me pillaste desprevenido en aquel momento, pero enseguida recuperé el control de la situación y agarré tu culito con ambas manos. Si tus tetas eran un auténtico paraíso, tu trasero no se quedaba atrás en absoluto. Tenías un culito respingón la mar de apetecible, y me recreé tocándolo todo lo que quise y más.

Nos quitamos la ropa el uno al otro con una velocidad pasmosa. Estábamos tan calientes que algunas prendas nos las arrancamos literalmente de nuestros cuerpos. Una vez nos quedamos en cueros, volvimos a besarnos apasionadamente y sin un segundo de respiro. Nuestros labios se frotaban en todo momento hasta elevar la temperatura de nuestros cuerpos hasta límites insospechados. Yo estaba empalmado a más no poder, y tú también parecías bastante excitada a juzgar por lo duros que tenías los pezones. No sería por el frío que los tuvieras así, porque hacía un calor infernal en la habitación. Eso, añadido a la calentura extra que añadíamos nosotros, dotaba a la escena de un morbo increíble.

De repente, y sin previo aviso, me abalancé hacia tus tetas y empecé a lamértelas de arriba abajo. Chupaba tus pezones y los frotaba con la punta de mi lengua, sintiendo todo su exquisito sabor a mujer. Tú gemías de placer con cada lametazo que te plantaba, formando así un círculo vicioso del que era tremendamente difícil poder escapar. Ni ganas que teníamos, la verdad. Por mí, podíamos haber seguido así horas y más horas. Sin embargo había que rematar la faena, así que te abriste de piernas y empezamos a follar de manera intensa y desinhibida.

Con cada embestida nuestros cuerpos resbalaban del sudor y se frotaban continuamente, excitando así toda nuestra piel al completo. Se nos puso el bello de punta a ambos cuando empecé a gemir de placer directamente en tu oído. Tan cachondo nos puso aquello, que en aquel mismo instante nos corrimos a la vez. Yo eyaculé dentro de tu coñito, y tú te estremeciste de arriba abajo al experimentar un orgasmo de lo más placentero e intenso.

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