confesiones

Jugar en un equipo de fútbol puede estar muy bien, pero lo complicado es cuando se es gay y llega el momento de las duchas. Y claro, porqué negarlo: cuando todos tus compañeros de equipo están buenorros y te gustaría tirártelos a todos, es muy complicado reprimirse. Y así estoy yo cada semana, con el quiero y no puedo, haciéndome pajas en solitario mientras veo como todos mis compañeros se duchan tan tranquilamente con sus pollones al aire.

Pero se acabó, estoy cansado ya de tanta tontería, de tanto disimular. Ayer decidí que saldría del armario, que lo diría, que no disimularía nunca más. Y para ello pensé en hablarlo con Tobias, que siempre ha sido muy buen amigo y creo que, además, es de los míos aunque no me lo haya dicho.

Me esperé un poco a que los otros se fueran y, cuando ya estábamos los dos solos, en vez de hablarlo me senté en el banquillo de madera donde solemos dejar las toallas y me hice una paja mientras lo miraba. Obviamente no se lo tomó muy bien, no entendía que coño estaba haciendo y se enfadó. Yo me levanté aún con la polla toda erecta y le dije que no se enfadara, que sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Le dije que para mí era muy complicado venir a las duchas y hacer como si nada, que me ponía cachondo cada vez que los veía a todos en fila enjabonarse el cuerpo. Y que bueno, que especialmente él me ponía mucho, pero que no se lo tomara como algo personal, que podíamos seguir siendo amigos y tal.

Evidentemente mi discurso fue de lo más cursi del mundo y me merecí el empujón que me propinó. No lo hizo muy fuerte, fue fruto de un arrebato, pero tan mala suerte que me resbalé con el jabón del suelo y me dí un golpe bastante fuerte en la espalda.

Y curiosamente algo cambió. A Tobias le supo mal haberme tirado al suelo y me alargó su brazo para ayudarme a levantar. Fue todo un detalle por su parte, pero poco me esperaba yo que, una vez yo de pie, él se arrodillase hasta la altura de mi polla para acabar lo que yo mismo había dejado a medias. Sí, me comió el rabo enterito hasta que solté todo lo que llevaba dentro. Se lo tragó como buen experto que era, lo que me confirmó mi teoría.

Pero su boca solo se abrió para darme placer, porque no salió ni una sola palabra de ella. Cuando acabó conmigo se levantó y se giró sin decirme nada más. Se acercó a su bolsa deportiva, se puso sus calzoncillos blancos, sus jeans y su jersei y se fue por la misma puerta por la que se habían ido todos los compañeros diez minutos antes.

Me quedó un sabor agridulce de aquel encuentro. ¡Pero supongo que no me puedo quejar!

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