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Tenían razón todos los que decían que yo era una zorrita a la que le encantaba disfrutar del sexo en toda su plenitud, para qué nos vamos a engañar. Como si hubiera algo de malo en aprovechar las circunstancias y acostarte con el primero que se te cruce por delante. Mi filosofía de vida era disfrutar al máximo cada día y aprovechar las oportunidades que se te presentan. Y si la oportunidad se presenta en forma de tío bueno con el que poder vivir un momento tórrido y apasionado, pues mejor que mejor. A nadie le amarga un dulce, y la posibilidad de acostarme con uno y con otro siempre que quiera suponía para mí una sensación tremendamente excitante.

Aquella noche pretendía tirarme al primer tío que me gustara, así que activé mi radar y escaneé todo el bar en busca de mi próxima presa. No tardé en dar con él, la verdad. Era un muchacho provinciano, tímido pero muy atractivo. Con cuatro palabras me lo camelé y le convencí para que me acompañara a casa. Ahí podríamos dar rienda suelta a nuestra pasión más desenfrenada. La verdad es que teníamos unas ganas locas los dos, y eso se notaba porque de camino a casa no parábamos de besarnos y rozar nuestros cuerpos en todo momento. Sin duda, aquella noche iba a ser una de esas para recordar.

Nada más entrar en mi apartamento, él se lanzó hacia mí y empezó a desnudarme con unas ansias tremendas. No hay cosa que me gustara más que un hombre tan decidido como yo, así que hice lo propio y le arranqué la ropa a mordiscos. Nuestros cuerpos quedaron completamente desnudos y uno frente al otro, esperando ver quién hacía el primer paso. Tuve que ser yo la que tomara la iniciativa y arrastrara a mi nuevo ligue hasta el dormitorio. Una vez en la cama, empezamos a magrearnos el uno al otro. Mi cuerpo estaba listo para disfrutar de una buena sesión de sexo, mis pezones estaban empitonados y mi coñito lubricado esperaba ansioso recibir la polla de aquel perfecto desconocido.

Empezamos a follar en la clásica postura del misionero. Yo me abrí de piernas mientras él empujaba y me penetraba con todas sus fuerzas. Desde luego, el chico tenía potencia sexual y le ponía ganas al asunto. Mientras gozábamos del sexo, también nos dimos besos apasionados con lengua en todo momento. Nuestras bocas se chocaban la una con la otra y sentimos la pasión más absoluta al notar en el aliento del otro una respiración entrecortada debido a tanta excitación. Yo no tardé en ponerme totalmente cachonda y alcanzar uno de los mejores orgasmos de mi vida, la verdad. A los pocos minutos él avisó que estaba a punto de correrse, así que sacó su polla de mi cuerpo y se corrió sobre mi  coñito y mi vientre, llenándome por completo de aquella leche caliente que tanto me gustaba.

Qué maravilla supuso notar todo el calor de aquel fluido resbalando sobre mi cuerpo. Fue el colofón final perfecto tras toda la acción sexual acontecida. Nunca más volví a ver a aquel chico, pero siempre recordaré con nostalgia y excitación aquel tremendo polvazo que nos pegamos juntos.

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