Hace un par de meses inicié mis clases en la Escuela de Idiomas de mi ciudad. Me apetecía mucho, era ya el cuarto año de inglés y ya no me faltaba mucho para adquirir el nivel deseado y acceder así a las múltiples ofertas laborables reservadas a las personas que dominan bien el idioma. Lo que yo no sabía es que este curso estaría tan lleno de sorpresas… Para empezar, teníamos profesor nuevo. Lilian, la mujer que hasta ahora se había hecho cargo de nuestro grupo, se había jubilado hacía poco. En su substitución había venido un galés, un tal John, un chico jovencito pero que ya apuntaba maneras como docente.

El primer día de clase nos sorprendió a todos por su juventud. ¿Que debía tener? ¿22 o 23 años como mucho? Sea como fuera, la media de edad de nuestra clase superaba la cuarentena. Yo me fijé en seguida en él. Era más o menos de mi altura, pero bastante más joven. Llevaba una bonita barba de tres días (muy hipster) y el pelo fantásticamente desordenado a consciencia. En seguida me asaltaron los pensamientos más calientes, pero me tuve que reprimir para que no se notara demasiado.

Pero no hay nada que se haga esperar mil años, y un día decidí dar el paso. Había un riesgo de quedar mal, pero si mi intuición no me fallaba, John también se había estado fijando en mí. Pensé que la mejor manera era invitarlo a un café después de clase, y que luego ya se vería. Así pues, nada más entrar en clase le dije que si luego le apetecía tomarse un café en un bar, que tenía algunas dudas con unas traducciones y que para compensarlo lo invitaba.

Mi sorpresa fue mayúscula cuando me dijo que NO. Y fue bastante seco. Me dijo que a él sólo le pagaban por venir de 4 a 6 de la tarde y que no tenía por costumbre hacer horas extras con las alumnas, ya que si no nunca acabaría… Y ok, me quedé bastante cortada con la respuesta, pero que le vamos a hacer. Asumí la vergüenza y me senté en mi silla.

Pero John era y es un tío de sorpresas. Cuando acabó la clase me dijo que me esperara un momento. Supuse que era para pedirme perdón por el tono brusco de antes…. y si… pero no. Sin que yo me diera apenas cuenta cerro la puerta con llave desde dentro y se vino directamente hacia donde estaba yo. Sin apenas reaccionar, ni mirarme a los ojos, John me puso la mano por dentro de los pantalones y comprobó que su instinto estaba en lo cierto: yo estaba más mojada que el Lago Ness, y eso fue una invitación directa para que John siguiera adelante. Seguía sin mirarme a la cara pero yo ya tenía todo bajado y con su polla a punto de entrarme. Y madre mía, ¡QUÉ POLLA! ¿todo esto tendría que entrarme dentro?

Siguió dándolo todo hasta que su mirada me desafió. Sus ojos eran chispeantes y llenos de placer, por lo que decidí que ahora me tocaba a mí llevar la iniciativa y bajé mi cabeza hasta la altura de su gran miembro viril. Me la comí entera y aún me quedé con hambre, por lo que cuando todo él explotó, me tragué todo el líquido antes de que a él le diera tiempo ni de respirar.

Tuvimos que darnos prisa porque en 10 minutos empezaba la próxima clase, pero fue un señor polvazo con todas las letras. Y desde entonces, siempre que la clase acaba un poco antes, intentamos cerrar por dentro y darnos este placer, ya que el morbo de hacerlo allí supera con creces el de hacerlo en cualquier otro lugar.

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