Por fin había conseguido una oportunidad en mi vida y pensaba aprovecharla al máximo. Sin comerlo ni beberlo, me vi metida dentro de un catálogo de señoritas de compañía muy selecto y elitista. Sólo las chicas más guapas, atractivas y sexys lograban llegar a tal punto, por lo que iba a dar lo mejor de mí en todos y cada uno de los polvos que echara con los clientes. El que de verdad nunca olvidaré es el primer tío con el que follé por dinero. Era un político importante de este país, pero no diré nada más porque soy toda una profesional y no pienso revelar mi lista de clientes ni aunque me obligaran a ello.

Aquel hombre era todo un portento de la naturaleza en la cama. No era el más atractivo del mundo, pero sabía muy bien utilizar su polla y hacer que una mujer vibrara de placer en posición horizontal. El caso es que rodeados de su seguridad, me llevó hasta su casa aprovechando que su mujer se encontraba de viaje. No negaré que me daba un morbo tremendo follar con él en la misma casa de su esposa, con la foto de bodas presidiendo la estancia. Aquello no resultó ningún problema para él, que me desnudó por completo, cogió una botella de champán y vertió todo el líquido sobres mis tetas mientras me las chupaba con ansia viva.

Habíamos dejado la alfombra chorreando a alcohol, pero eso a él le daba igual. Con un gesto de cabeza me indicó que me tumbara sobre la cama y empezara a masturbarme para su disfrute. Yo no me hice de rogar, así que adopté una postura sugerente y con la punta de mis dedos empecé a rozarme los labios de mi coñito mientras le observaba con ojos libidinosos. Era una pasada ver como su cara se descomponía de placer con cada gemido que brotaba de mis labios. De vez en cuando, estrujaba mis tetas y rozaba mis pezones mientras él por su parte se empezó a masturbar simplemente mirando el espectáculo que le estaba ofreciendo.

Finalmente, le dije que se uniera a la fiesta y gozáramos los dos del sexo más loco y salvaje posible. Sin pensárselo dos veces, vino hasta la cama, se desnudó por completo y me clavó su polla hasta la garganta. Aquel hombre resultó ser toda una máquina sexual que me estaba dando un sexo maravilloso y placentero a más no poder. Empezamos a sudar y nuestros cuerpos se movían lubricados uno junto al otro, estimulando todas nuestras zonas erógenas y elevándonos hasta el séptimo cielo. Tras varios orgasmos seguidos, él me avisó que estaba a punto de correrse. Tal y como habíamos acordado, se quitó el condón y empezó a pajearse sobre mi cara. A los pocos segundos, un chorro de lefa caliente y espesa inundó mi cara y fue correando hasta empaparme el cuello y las tetas. Yo estaba extasiada, ya que siempre había sentido un morbo irracional a que se corrieran sobre mi boca. Finalmente nos besamos y, tras asearme debidamente, abandoné aquella estancia con una sonrisa en mis labios y la satisfacción de haber hecho un buen trabajo.

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