follada parking relato erotico

Estaba preparándome para coger el coche en el parking cuando de repente se me cruzó delante de mí un pibón de mujer con unas peras impresionantes y un culito delicioso hecho para el vicio y el pecado más puro. No pude apartar la mirada de ella en todo momento, y la verdad es que no tardó en darse cuenta que estaba literalmente babeando por ella. Aquella chica, en vez de asustarse o acelerar el paso, se paró en seco y me guiñó un ojo desde la distancia. Yo le hice una señal para que se acercara hasta mi coche y así poder vernos más de cerca. Ella pareció dudar en un principio, pero enseguida dirigió su paso hacia mí mientras mi corazón se aceleraba más que nunca y mi polla se empezaba a poner más dura que una piedra.

Una vez se puso frente a mí, me dio dos besos y se presentó. Me dijo que se llamaba Vanesa y que era nueva en aquel edificio. Yo me ofrecí a llevarla en mi coche, a lo que ella accedió de buen grado. Sin embargo, no llegamos a ir muy lejos, porque en el mismo momento en el que nos metimos dentro del coche, nos empezamos a enrollar y a besarnos de manera intensa y loca. Mis manos buscaban sus muslos y se fueron abriendo paso hasta llegara a alcanzar su chochito caliente y mojado. Era obvio que ella estaba tan cachonda como lo estaba yo, así que no había otro remedio que terminar follando en mi propio coche como auténticos salvajes y desfogar así nuestro deseo sexual aquí  y ahora.

Empezamos a quitarnos la ropa mutuamente, dejándonos completamente desnudos y listos para la acción. Mi polla estaba bien erecta y deseosa de probar aquel coñito tan sabroso, pero como el espacio dentro del coche era bastante limitado, decidimos salir fuera y follar directamente sobre el capó. Nos daba igual que los demás nos pudieran ver y pillarnos en plena faena, porque lo único que ansiábamos era poder desatar nuestra lujuria sin importarnos lo que ocurriera a nuestro alrededor.

Yo empujaba con todas mis fuerzas y bombeaba bien fuerte para petar a aquella chica y metérsela hasta el fondo. Ella, por su parte, no dejaba de gritar y gemir del gusto que le estaba dando sin parar. Éramos como dos animales salvajes retozando sin control y con unas ganas locas de corrernos de gusto el uno junto al otro. Mientras me follaba a aquella completa desconocida, acerqué mi cabeza entre sus tetas y empecé a lamérselas de arriba abajo, dejándoselas totalmente cubiertas con mi propia saliva y excitando sus pezones hasta volverlos duros como una roca.

De repente, aquella chica empezó a retorcerse de placer con más intensidad que como lo venía haciendo hasta ahora. Estaba claro que estaba gozando de uno de los mejores orgasmos de su vida. Verla así de entregada y viciosa me puso más cachondo de lo normal, así que yo también me corrí, llenándola por completo con mi leche caliente y espesa. Extasiados y sumidos en la vorágine del placer, nos abrazamos y continuamos enrollándonos porque no queríamos que aquel momento terminara nunca.

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