follando con mi instructor de gimnasio relato erotico

Aquel día acudí como cada lunes, miércoles y viernes a mi gimnasio habitual. Quería asistir puntual a la clase de Pilates que daba uno de mis instructores favoritos. Por supuesto que me interesaba la clase, pero es que el instructor estaba tan bueno que últimamente disfrutaba de sus clases muchísimo más que antes. Era un profesor tremendamente exigente. Sin embargo, cuanto más me forzaba más cachonda me ponía. Creía que él también tenía interés hacia mí, así que acudía al gimnasio arreglada por si por un casual algún día llegáramos a intimar por encima de la clase habitual. Quién me iba a decir que hoy mismo iba a ser el día en el que dejáramos a un lado la profesionalidad y practicáramos el sexo como nunca antes lo habíamos hecho.

La clase transcurrió con la normalidad habitual. Sin embargo, al finalizar los ejercicios, él me dijo que me quedara unos minutos. Yo me puse roja como un tomate, pero no pude disimular la excitación que sentí en aquel momento. Cuando nos quedamos solos en la sala, él se acercó a mí para felicitarme por mis progresos. Yo le agradecí tal gesto con una sonrisa. Sin embargo, era evidente que aquel no era el único motivo por el que él quería hablar conmigo. Acercándose sospechosamente a mí, me susurró al oído:

– Me pone a cien ver tu culito moverse con cada ejercicio que os mando, y estoy deseando tocarlo y sentirlo entre mis manos. ¿Qué te parece?

Yo no pude disimular mi asombro en ningún momento. Me hice algo de rogar, pero finalmente dejé atrás mis miedos y me lancé a besarle directamente en sus labios. Una corriente de excitación inundó nuestros cuerpos, que se abrazaron al instante y empezamos a meternos mano sin ningún tipo de reparo. A los pocos segundos ya estábamos retozando como animales sobre las colchonetas del gimnasio. Nos desnudamos apasionadamente, dejando nuestros cuerpos al desnudo. Recorrimos con la punta de nuestros dedos toda la anatomía del contrario, prestando especial atención a aquellas zonas erógenas que nos sumieran en un placer absoluto.

Podían pillarnos en cualquier momento, pero eso sólo le añadía un toque de morbo al asunto. Sin pensárnoslo dos veces, nos lanzamos a la aventura y empezamos a follar como si no hubiera un mañana. Él me penetraba por detrás, cogiendo con sus manos las nalgas de mi culito respingón. Me encantaba sentir su cuerpo rozando mi trasero y haciéndolo vibrar como si estuviera hecho de gelatina. Era una sensación tan placentera que no me podía creer que aquello fuera real. Sin embargo, era totalmente real y ambos estábamos a punto de corrernos de placer.

Él fue el primero, llenándome el coño de leche caliente. Cómo yo aún no había conseguido alcanzar el orgasmo, él me introdujo sus dedos y empezó a acariciar mi clítoris con una habilidad pasmosa. Sabía muy bien dónde tocar para hacerme vibrar de placer. De repente, una oleada inundó mi cuerpo hasta alcanzar un orgasmo clitoriano como nunca antes había experimentado. Jadeantes, nos tumbamos desnudos el uno sobre el otro y nos fundimos en un beso apasionado del que no quisimos separarnos nunca.

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