follando de buena mañana relato erotico

Pese a que estábamos a sábado, nos despertamos con la luz de los primeros rayos de sol. No había necesidad de madrugar, pero una vez despiertos era muy difícil que nos volviéramos a dormir. Además, teníamos un calentón encima que era difícil dejarlo obviar, por lo que entre arrumacos y caricias decidimos darnos una alegría al cuerpo y dedicarnos a practicar el sexo de buena mañana, como debe de ser. Y es que no me digáis que no hay nada mejor que desperezarte del sueño mientras tu pareja te empuja a cometer actos impuros para empezar el día con alegría y ganas suficientes. El caso es que aquel era uno de esos días e íbamos a aprovecharlo por completo.

Me desnudaste con tus habilidosas manos hasta dejarme completamente en pelotas. Mis pechos colgaban al natural y empezaste a acariciarlos y lamerlos con tu lengua con unas ganas tremendas. Yo te agarraba la cabeza por detrás y te la hundía aún más entre mis tetas porque sabía que aquello te volvía loco por completo. Te encantaba aspirar bien el aire que las rodeaba y sentir todo su calor maternal en tu cara. Por eso noté que enseguida te pusiste palote a más no poder. Te agarré la polla dura entre mis manos y empecé a masturbarte con un ritmo frenético. Cuanto más me lamías los pezones, más fuerte te pajeaba. Era una auténtica locura de deseo y placer intenso.

Tras los juegos preliminares, decidimos que era el momento de disfrutar del sexo en toda su plenitud. Por eso me abrí de piernas y dejé que me penetraras a tu antojo. Yo abajo y tú arriba, en la postura del misionero nos dejamos llevar y experimentamos el placer en todas sus variantes. A veces me embestías con una fuerza sobrehumana, otras me penetrabas con suavidad y recreándote en el interior de mi coñito caliente y húmedo. Sea como fuere, lo importante era que aquel momento era única y exclusivamente para nosotros dos, y pensábamos disfrutarlo y aprovecharlo por completo.

Mientras follábamos no dejamos de darnos besos en todo momento. El contacto de tus labios con los míos me sabía a gloria bendita, y me encantaba ser follada mientras nuestras bocas permanecían unidas en todo momento. Nuestras lenguas jugaban la una con la otra a encontrarse y rozarse, compartiendo saliva y pasión a partes iguales. Notábamos la respiración el uno del otro y jadeábamos como si fuéramos animales salvajes, acompasando nuestros ritmos para fundirnos en uno solo.

Estábamos a punto de alcanzar un orgasmo simultáneo y nuestros cuerpos se preparaban para aquel momento tan vibrante. Nuestra piel se erizó, los músculos se nos tensaron, los pezones se pusieron duros y erectos y la sensibilidad afloró hasta que conseguimos corrernos a la vez. Fue como una explosión de sensaciones que nos inundó por completo y nos estremeció de arriba abajo. El máximo placer que puede sentir el ser humano lo vivimos al unísono y acompañados el uno del otro. Fue totalmente maravilloso.

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