Después de semejante declaración de intenciones por mi parte, estaba más claro que el agua que lo que yo quería era un buen revolcón con aquel hombre. No hizo falta más para que acabáramos enrollándonos en medio de la cocina. Nuestros cuerpos se acercaron hasta que nos fusionamos en un abrazo intenso acompañado por un beso la mar de caliente. Su lengua recorría toda mi boca y podía notar su humedad entrando en mí. Puede que ya me hubiera solucionado la incidencia con el fregadero, pero ahora lo que más necesitaba era echar un buen polvo con él. Extasiados y entregados al amor más absoluto, nos transmitíamos calor corporal mientras con sus dedos recorría todo mi sensual cuerpo de mujer.

Quizá yo no estaba lo suficientemente arreglada como para follar de aquel modo tan imprevisto. Pero la verdad es que me importaba más bien poco, porque él parecía cachondísimo con la idea de follarme. De un momento a otro me cogió en volandas y pude notar sus brazos musculosos sosteniéndome en lo alto. Aquello me puso muy caliente, para qué lo voy a negar. De este modo me llevó hasta el dormitorio mientras yo le iba guiando por toda la casa. Podía sentirme arrastrada hasta el lugar donde íbamos a acabar follando, y aquella muestra de testosterona me dio el estímulo necesario para desinhibirme por completo y gozar del sexo sin barreras ni fronteras de por medio.

Con un gesto suave pero decidido, me arrojó sobre el colchón mientras se montaba a horcajadas sobre mi cuerpo. Podía sentir el olor a metal y tubería en su cuerpo, cosa que me excitaba de un modo extraño. Aquel olor a hombre suponía un aire fresco para mi vida sexual, y haberle visto trabajar y ahora seduciéndome era un combo la mar de apetitoso. Con una furia inusitada, cogió con sus manos mi ropa y empezó a romperla hasta dejarme desnuda de pies a cabeza. Él tiraba los restos de tela hacia los lados como si de un animal en celo se tratase. Entonces yo ya me sentía en el séptimo cielo. Me daba absolutamente igual que estuviera rompiendo mi ropa, ya me compraría más. Todo en él era tan masculino que no pude reprimir gemidos de placer ante tanta testosterona liberada.

Ahora que estaba en bragas y sujetador, con sus manos desgastadas de tanto trabajar fue acariciando mi cuerpo. Podía notar las duricias en la yema de sus dedos, pero aquellas caricias eran lo mejor que había sentido yo en muchos años. Tenía sobre mí a un verdadero hombre capaz de arreglar cosas con sus propias manos, pero la verdad es que dudaba si sería muy habilidoso a la hora de satisfacer a una mujer deseosa de sexo. Desde luego, aquel completo desconocido me sorprendió gratamente. Sabía muy bien dónde rozarme para que yo gimiera como una loca. Mi piel era completamente suya, y estaba dispuesta a que hiciera lo que quisiera conmigo con tal de sentirme viva de nuevo sexualmente hablando.

Continuará…

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