Ya estaba toda la carne en el asador y no había vuelta atrás para que termináramos revolcándonos como verdaderas fieras en celo. La visita sorpresa del fontanero ya fue inesperado, pero más lo fue la intención con la que venía, nada más y nada menos que follarme duro a base de bien. Yo estaba extasiada ante la idea de acostarme con un completo desconocido, que había llegado a mi casa e invadido mi intimidad sin ningún tipo de miramiento. Ahí residía todo el morbo que sentía en aquel momento. Un morbo que me hizo estremecer de arriba abajo y estar tan caliente que no iba a tener ningún problema en decirle que sí a todo.

Desnudos, él fue recorriendo todo mi cuerpo con sus manos y prestando especial atención a todas las zonas erógenas. Pellizcándome los pezones, pude ver las estrellas en un primer momento, pero a los pocos minutos una oleada de placer inundó mi cuerpo. Él sabía muy bien que yo me estaba derritiendo de tanto placer, por lo que decidió no esperar ni un minuto más y me hizo arrodillarme hasta colocarme a cuatro patas. Parecía que su intención era follarme al estilo del perrito, y yo no opuse resistencia en ningún momento. Casi sin mediar palabra y sin más explicaciones de por medio, habíamos pasado de tener una relación profesional a frotar nuestros cuerpos y darnos placer mutuamente.

Él escupió en su mano y utilizó su saliva para lubricarse la polla erecta. A continuación, me agarró por la cintura hasta clavármela hasta el fondo. Solté un grito que rompió el silencio sepulcral que reinaba en la estancia, pero desde luego no se trataba de un grito de dolor, sino de excitación. Ante tal muestra de placer que solté por mi boca, él se vino arriba y empezó a cabalgarme como si fuera una yegua. Me estaba empotrando con cada sacudida que me metía, haciéndome incluso perder el conocimiento en más de una ocasión. Nunca antes me habían follado con tanta fuerza y rabia, pero desde luego el resultado era la mar de excitante.

No quería dejar que él hiciese todo el trabajo, así que le ayudé en su tarea moviendo mi cintura y haciendo que nuestros cuerpos se encontraran y chocaran entre sí con mayor frenesí. Él se volvió loco en cuanto me vio haciendo aquello. Quizá estaba acostumbrado a ser la parte dominante en la relación, pero conmigo no iba a ser así en absoluto. Teníamos una fuerza sexual enrome, así que al juntarnos no podía más que explotar y saltar chispas con cada roce de nuestra piel. Le avisé para que no se apartara cuando se fuera a correr, ya que quería sentirle dentro de mí hasta el final. Aquello le puso como una moto, y a los pocos segundos ya estaba inundándome con su leche caliente. Aquella explosión de eyaculación hizo que yo también me corriera en aquel preciso momento, viviendo un orgasmo inesperado y placentero a más no poder.

Comentarios cachondos

¿Qué te parece el video? ¿Te va la marcha?