Pese a mi corta edad, el furor sexual que se despertaba dentro de mí no tenía límites. Las ganas de follar apretaban más que nunca, y estaba deseando acostarme aquella misma noche con cualquier tío con tal de perder mi virginidad y saciar las ansias de sexo que tenía. No me costó mucho encontrar a un firme candidato con el que gozar juntos del sexo por primera vez. Un compañero de clase con el que hacía mucho tiempo que tonteaba, pero que nunca habíamos ido más allá, era la víctima perfecta para hacer realidad mis fantasías sexuales más calientes y excitantes.

Como a su casa no podíamos ir porque estaban sus padres todo el finde, acordamos que se acercara aquella noche hasta la mía y disfrutar así de un poquito de intimidad. Él ya sabía a lo que venía, así que llegó como una flecha y dispuesto a comerme entera de arriba abajo. Yo no me hice de rogar, pues no hacía falta alargar lo inevitable. Directamente nos estiramos sobre la cama de mis padres y empezamos a follar como si no hubiera un mañana. Sus manos recorrían todo mi cuerpo y se iban abriendo paso bajo la ropa hasta quitarme el sujetador con una habilidad asombrosa. Estrujó mis tetas con un ansia descomunal, haciéndome gemir de placer ante tal muestra de pasión. Tanto es así que mi coñito empezó a lubricar de manera casi automática, haciéndome sentir que ya estaba preparada para ser penetrada por vez primera.

Nos dejamos llevar por la pasión y nos quedamos completamente desnudos. Yo le bajé los pantalones haciendo evidente mis ganas de calmar la sed de sexo aquí y ahora. Él estaba totalmente empalmado y la punta de la polla asomaba por encima de los calzoncillos. Con una cara de vicio absoluto, acercó sus manos hasta mis braguitas y empezó a frotar la tela blanca y rosa contra mi chochito húmedo. Aquel simple gesto me estaba poniendo a cien, por lo que abrí la boca y dejé que me metiera la lengua hasta el fondo. Podía sentirle en mis labios y en mi entrepierna, haciendo así vibrar mi cuerpo de arriba abajo.

Llena de confianza, cogí mi mano y la puse sobre la de él mientras ejercía fuerza para que me metiera los dedos hasta el fondo. Para ello, tuvo que apartar hacia un lado la tela de las braguitas, teniendo así vía libre para hacerme un dedo en condiciones. Antes de penetrarme, acercó sus dedos a la boca y los chupó con tal de lubricarlos. Aquello me puso súper cerda, y aunque no hacía falta ese extra de saliva para lubricar la zona, el simple gesto elevó la temperatura de mi cuerpo haciéndome sentir deseada y poderosa. Yo abrí un poco mis piernas para que mis muslos no entorpecieran el acceso a mi coñito. Estaba haciendo con él todo lo que quería, y yo me dejaba llevar mientras sentía una espiral de deseo y pasión que nunca antes había experimentado.

Continuará…

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