Ahí seguía yo, cachondísima perdida y a punto de perder mi virginidad entregada al sexo de la mano de aquel hombre. No veía el momento de abrirme de piernas y entregar mi virgo por vez primera, pero lo cierto es que los juegos sexuales previos me estaban volviendo loca. Toda la sensualidad y pasión que encerraba mi cuerpo joven estaba destapándose poco a poco, como una botella de champán a la que dejas salir el aire antes de descorcharla del todo. Por este motivo no me importaba en absoluto que la escena se alargara más de lo debido. Así yo también iba cogiendo confianza y me iba acostumbrando a esta situación totalmente nueva para mí.

Después del jugueteo con mis braguitas, empezó a subir sus manos hasta llegar a mi blusa ceñida y, poco a poco, fue desabrochando los botones hasta meterla dentro y acariciar mis tetas. Llegados a este punto, me  di cuenta de que yo también tenía un par de manos y podía participar de todo esto de manera activa. Por eso, empecé a desnudar a aquel chico y a partir de entonces, todo lo demás se precipitó de un modo excitante y prohibido. Recuerdo que tras esto, nos tumbamos los dos sobre la cama y arrancándome las braguitas con los dientes, hundió su lengua en todo mi coño y lo lamió de arriba abajo. No sabía que un cunnilingus podía ser tan gratificante, pero así era. Yo me estremecía y retorcía mi cuerpo cada vez que su lengua rozaba mi clítoris y me hacía estallar de placer.

Siempre recordaré aquella comida de coño como uno de los momentos más calientes de toda mi vida sexual. Así y todo, no pensábamos quedarnos en aquella práctica, así que ya tocaba follar a saco y sin ningún tipo de reparo o censura. Él ya llevaba empalmado bastante tiempo, así que en cuanto me la clavó hasta el fondo, pude sentir todo su rabo erecto dentro de mí. Aquella sensación era indescriptible. Siempre había pensado que la primera vez debía doler, pero nada más lejos de la realidad. El gusto que sentí en ese momento no lo podría explicar con palabras. Además, él siguió regalándome besos por todo el cuerpo, cosa que hizo que toda la escena tuviera aún más deseo y pasión.

Para ayudar en la faena, me cogí los talones de los pies y los levanté hacia arriba. De este modo, mi coñito quedaba totalmente abierto y listo para ser penetrado sin miramientos. Él me agarraba por las piernas de manera que encajábamos a la perfección y parecíamos una sola máquina bombeando sin parar. De vez en cuando, él acercaba su cara hasta la mía y nos besábamos apasionadamente. Mis tetas botaban con cada embestida como si fueran gelatina, y yo me dejé llevar por ese ritmo incesante hasta que alcancé el primer orgasmo de toda mi vida. Al rato, él se corrió dentro de mí, inundándome con su lefa espesa y caliente y haciéndome sentir la mujer más feliz del mundo.

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