Ahí estaba yo, follándole el coño a una completa desconocida mientras mi mujer cabalgaba como una perra sobre un maromo. No negaré que al principio sentí un poco de celos, pero poco a poco ese sentimiento fue transformándose en placer, haciendo que la situación cobrara una atmosfera de erotismo sin igual. Nunca antes nos habíamos adentrado en una aventura sexual de este tipo, y desde luego el resultado estaba siendo de lo más interesante y divertido. Disfrutar del sexo de este modo era justamente lo que nuestra relación matrimonial y sexual necesitaba en este momento. Follar con otras parejas hacía que introdujéramos nuevas sensaciones y aprendiéramos así otras formas de tener sexo que no conocíamos, o que por costumbre habíamos dejado de lado en la cama.

Masajear aquellas enormes tetas que botaban delante de mi cara era un auténtico privilegio. Sus pezones se endurecían cada vez que frotaba la punta con la yema de mis dedos. Se notaba que aquella guarrilla estaba disfrutando tanto del momento como yo. De vez en cuando, ella echaba una mirada furtiva a su marido, como para verificar que él estaba follando a saco con mi mujer del mismo modo que lo hacíamos nosotros. Al principio pensé que lo hacía por el mismo motivo que lo hacía yo, es decir, por un sentimiento de celos. Más tarde me di cuenta que el motivo real era el morbo de sentir a tu pareja poniéndote los cuernos a escasos centímetros de distancia. Sus gemidos y los nuestros se fundían en la habitación creando un momento sexual realmente excitante.

En aquel momento escuché a mi mujer correrse como hacía tiempo que no la veía hacerlo conmigo. Estaba claro que había alcanzado un orgasmo de los que hacen historia, cosa que demostró chillando como una auténtica fiera satisfecha sexualmente. Aquello consiguió excitarme aún más, y espabilarme un poco para proporcionar a mi nueva acompañante todo el placer que se merecía. Yo estaba disfrutando como nunca, pero quería entregarme al cien por cien para que ella quedara completamente satisfecha. De modo que empecé a clavarle la polla como un salvaje, con un ímpetu desbocado y haciendo que su cuerpo vibrara con cada sacudida. Ella me gritó al oído que estaba a punto de correrse, cosa que me puso cachondo a más no poder. Casi al unísono, los dos alcanzamos el más grande de los orgasmos.

Extasiados, nos tumbamos el uno sobre el otro y miramos furtivamente a la otra pareja como follaba a destajo. Se les notaba cansados, pero al mismo tiempo sumidos en una espiral de sexo y vicio sin precedentes. Nos quedamos un rato mirándoles como si fuésemos un par de voyeurs. También aprendí que el simple hecho de ver a mi mujer follar con otro también me ponía cachondo. Observé el espectáculo porno que se desarrollaba frente a mí hasta que ellos también se corrieron como auténticas bestias. Cansados, nos quedamos unos minutos en la cama enrollándonos entre nosotros sin ningún tipo de límite.

Comentarios cachondos

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2 Comentarios
  • karen hace 5 meses

    Salvaje

  • Kata hace 3 meses

    Excelente , erotico me calento