El sexo lésbico siempre me había llamado la atención. Ya desde bien jovencita, solía rodearme de mujeres siempre que podía. Me encantaba sentir su compañía e imaginármelas desnudas mientras hablaba con ellas. Al principio, nuestras relaciones nunca iban más allá, pero cuando llegó la adolescencia empecé a juguetear con el morbo lésbico en todas sus versiones. Me volvía loca sentir el cuerpo desnudo de otra mujer sobre el mío y experimentar juntas nuestra sexualidad mientras nos metíamos los dedos en el coño. Así que conforme fui creciendo aprendí a valorar una buena sesión de sexo loco y desenfrenado junto a multitud de chicas que conseguía engatusar hasta que caían en mis redes.

Sin embargo, siempre había habido un terreno en el que nunca me atreví a entrar: el de las orgías lésbicas. Nunca había follado con más de una mujer a la vez, pero el morbo que despertaba en mí la simple idea de imaginarme rodada de tías desnudas lamiéndose las tetas las unas a las otras, conseguía ponerme cachonda hasta límites insospechados. Por eso, cuando junto a un grupo de amigas acordamos practicar sexo aquella misma noche en mi propia casa, no pude ser más feliz. Acepté desde el mismo momento en el que me lo propusieron, y no me arrepiento para nada de haberme acostado con todas aquellas chicas y vivir junto a ellas momentos de placer totalmente indescriptibles y únicos.

La cosa empezó como quien no quiera la cosa. Pese a que todas sabíamos a lo que habíamos venido, supimos disimular desde el principio para dotar a la situación de una carga erótica extra que nos estimulara y nos hiciera entrar en el rollo morboso desde el principio. Fingimos que éramos un grupo de chicas que se acababan de conocer y necesitaban un poco de intimidad para hablar de sus cosas. De este modo, poco a poco nos fuimos relajando hasta entrar en un estado de complicidad total. Ante esta situación, no pudimos más que irnos quitando la ropa y acercándonos más las unas a las otras. Estaba claro que la acción estaba a punto de empezar, y yo pensaba aprovecharla y disfrutarla como si no hubiera un mañana.

De repente, una de las chicas rubias se sentó en medio de todas y se dejó acariciar y sobar por el resto. Yo también metí mano todo lo que pude, sintiendo su piel suave, turgente y caliente en mis dedos. Conforme íbamos acariciando sus zonas más erógenas, todas éramos capaces de notar como su piel se iba erizando del placer obtenido. Me encantó recrearme en sus enormes tetas y rozar con la punta de mis dedos aquellos pezones hasta ponerlos bien duros y erectos.

Ahora sí, aquella chica que era una completa desconocida para mí nos ordenó a todas que nos desnudáramos del todo hasta quedarnos como ella: en cueros. Una vez que absolutamente todas nos mostramos al natural y sin ningún tipo de tapujos o vergüenza, aquella “líder” del grupo nos ordenó que nos enrolláramos y besáramos entre nosotras. Me encantaba aquel rollo de sumisión y obediencia, así que hice caso en todo para entrar de lleno en la situación junto a todas las zorritas que me rodeaban.

Continuará…

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