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Quien me iba a decir a mí que dentro de unas pocas horas iba a dejar de lado mi trabajo y me iba a entregar en cuerpo y alma al vicio sexual más intenso y placentero que jamás haya experimentado. Y que encima, para colmo, la persona con la que me iba a enrollar era, ni más ni menos, que mi jefe directo. Siempre me había parecido un hombre atractivo y con un encanto arrebatador, pero ni en mis sueños más eróticos y húmedos había llegado a imaginarme entre sus brazos y gozando del sexo en toda su expresión. Aún ahora, cuando lo cuento me pongo cachonda y necesito masturbarme para calmar mi sed de deseo y pasión. Sin duda, aquel polvo fugaz que echamos en la misma oficina se había convertido en uno de los mejores de toda mi vida.

Empezaré a explicároslo desde el principio. Tanto mi jefe como yo nos habíamos quedado hasta altas horas de la noche ultimando el trabajo que teníamos acumulado durante estas fiestas. Eran días agotadores, y no podíamos bajar la guardia en ningún momento. De repente, él me dijo que me notaba algo cansada, y empezó a hacerme un masaje en los hombros. Podía sentir sus manos fuertes y poderosas ejerciendo presión sobre mi cuello y excitándome por momentos hasta hacerme perder la cabeza. No me reconocía a mí misma ante tal reacción, pero decidí dejarme llevar y aprovechar aquel momento al máximo.

Cuando menos me lo esperaba, mi jefe acercó su rostro hasta el mío y me plantó un beso en toda la boca que consiguió excitarme de la cabeza a los pies. A partir de ahí, me lancé al ataque y nos enrollamos sobre la mesa de trabajo. El ímpetu sexual que nos invadía nos hizo retozar como verdaderos animales en celo, frotando nuestros cuerpos y desnudándonos con unas ganas locas. No podíamos esperar ni un segundo para empezar a follar a saco y apaciguar así el tremendo deseo que invadía nuestros cuerpos. Puede que aquello no fuera nada profesional en absoluto, pero no podíamos frenar las ganas de sexo que sentíamos en aquel momento.

Rápidamente nos desnudamos y él me empujó contra la mesa del despacho. Abrió mis piernas con un rápido movimiento de manos y me metió su polla grande y dura hasta el fondo de mi coño caliente. Yo creía morirme de placer cada vez que me penetraba y me empotraba contra la mesa. Me dejé hacer en todo momento, mostrándome abierta y receptiva a vivir aquella experiencia sexual al máximo. Nuestros cuerpos sudorosos se rozaban constantemente, uniéndonos en una espiral de vicio y perversión sin igual. Nos daba igual que alguien nos pillara en plena faena, porque sólo por el morbo de la situación en sí, ya valía la pena.

Agarrabas mis tetas mientras me empalabas sin fin. De repente, noté tu leche caliente inundándome por completo. Aún y así, seguiste follándome hasta que yo también llegué a uno de los mejores orgasmos de mi vida. Me corrí como  nunca antes lo había hecho. Exhaustos, nos vestimos de manera tímida y nos prometimos no contarle a nadie lo que acababa de ocurrir en aquella habitación. En cualquier caso, estaba claro que aquella no iba a ser la última vez que tuviéramos un encuentro sexual de aquel tipo.

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