ascensor

¿Os habéis quedado alguna vez atrapados en un ascensor? Yo sí, el verano pasado. La cosa no hubiera trascendido sino fuera por la gran suerte que tuve de que no me quedé sola encerrada sino que dentro del aparato había un machote con cara de vicio. Y ya os podéis imaginar que pasó… ¡y todo fue tan rápido!

Ya nos habíamos cruzado las miradas un par de veces en el comedor, a la hora del desayuno. Era un hotel de cuatro estrellas en una ciudad cerca de la playa. Yo iba con mis padres, ya mayores; y él estaba de guía turístico con un grupito de mujeres maduritas que ya pasaban todas de los cincuenta.

Esa tarde yo venía de la playa y de hacer algunas compras, y él había dejado a su grupo libre y subía a descansar un rato en la habitación. Nos encontramos en la planta baja y nuestra mirada tuvo algunas chispas. Y no sé, realmente no sé. No he descubierto aún a día de hoy si el ascensor se paró por pura casualidad o bien fue él mismo quien pulsó el botón de stop. Lo único que sí sé es que cuando llevábamos unos pocos segundos en marcha el trasto de quedó atascado y no hubo manera de que subiera ni que bajara.

Me puse un poco nerviosa por la situación, he de confesarlo. Y no por tener al Zeus ese delante mío, sino porque soy un poco claustrofóbica y nunca me había pasado algo así. Pero él se mostró tranquilo en todo momento, y eso me tranquilizó bastante.

Teníamos poco tiempo, pero él fue rápido: se acercó a mí, me acorraló en la pared del ascensor y me mordió el labio pasionalmente mientras yo notaba su bulto duro en la entrepierna. Yo aún tenía mi cara pegada con su cara, pero oí las hebillas del cinturón y supe exactamente lo que estaba a punto de pasar. Me subió la falda del vestido hasta la altura de la barriga y en un periquete su pollón estaba ya dentro de mí. Sus embestidas eran fuertes y duras, sus mordidas de labio irreverentes y sensuales a la vez. Todo un torbellino sexual.

Se corrió rápido, más rápido de lo que yo hubiera querido, pero supongo que él mismo lo forzó y se dejó llevar sin reprimirse para poder acabar cuanto antes y no quedarse con las ganas y los huevos hinchados. Creo que él era más consciente que yo de lo que estaba pasando, por lo que cuanto más lo pienso más me creó que se trató de un parón voluntario.

Al mismo tiempo que yo me ponía bien el vestido y que él se volvía a enfundar los pantalones con el cinturón, el ascensor volvió a moverse y nos llevó a cada uno a su respectivo piso. Y no lo repetimos, aunque lo cierto es que nos vimos algunas veces más por el hotel. Supongo que son de esas cosas que se pillan al vuelo y te quedas con el recuerdo (buen recuerdo, por cierto).

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