Ya estábamos metidos en plena faena, sumidos en una vorágine de sexo sucio y perverso. Después de una buena sesión de juegos sexuales que sirvieron como aperitivo e introducción a lo que vendría ahora, estábamos listos para la acción más prohibida. Fue entonces cuando reparé en que ella tenía una foto de su novio en la mesita de noche. Le dije que aquello me cortaba un poco el rollo, y que prefería que la apartara o la tumbara para no tener que enfrentarme a su mirada acusadora. Pero ella, en vez de obedecer a mi petición, me dijo que aquello le daba un morbo añadido a la situación. No pude rebatirle, porque yo también sentía una excitación extra con el pensamiento de que su novio, tremendamente celoso, pudiera pillarnos en mitad de la follada y montar en cólera. Así que dejé que su foto nos observara desde un lateral mientras ella y yo vivíamos momentos sexuales realmente inolvidables.

Cogí sus tetas con mis manos y hundí mi cara entre ellas para aspirar todo su aroma de mujer. Ella no paraba de pajearme mientras yo jugueteaba con aquel buen par de peras que me llamaban a gritos para que las tocara de arriba abajo. Le indiqué que ya no quería que me siguiera haciendo una paja porque quería follármela con una furia salvaje y animal. Apartó la mano de mi entrepierna y la cogí en brazos para tumbarla sobre la cama y metérsela hasta el fondo de su coño. Nada más clavársela, sentí un escalofrío en todo mi cuerpo provocado por el placer que me provocó. El calor de sentirme ahí dentro era tan reconfortante que ya no me importaba nada más.

Cambiamos a la postura del perrito: ella arrodillada y con el culito en pompa mientras yo bombeaba por detrás. Encima, estábamos en posición horizontal respecto a la cama, por lo que ambos veíamos la fotografía de su novio en primer plano. Decidí dedicar aquel polvazo que estaba echando a aquel tío, que seguro que ella saldría más satisfecha conmigo que con él. Su culito vibraba con cada embestida que le metía. Incluso le agarré del pelo para poderla domar y coger impulso. Realmente le estaba petando el coño desde atrás, a lo que ella respondía con jadeos y gritos de placer descontrolados.

Avisé que estaba a puntito de correrme, pero bajé el ritmo para alargar aquel momento tan excitante todo lo posible. Pero fue oírla venirse arriba con su orgasmo y no pude controlarme. De modo que me corrí dentro de su chochito hasta inundarlo por completo. La lefa salió disparada y la dejé toda preñada con aquella leche caliente que se escurría por su coño abierto de par en par. Al sacar mi polla de su cuerpo, ella dio un último suspiro de placer,  como lamentándose porque nuestra noche de sexo había llegado a su fin. Le pregunté si se había quedado con ganas de más, a lo que ella me respondió que siempre tenía ganas de más.

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