revolcon en la arena relato erotico

Nuestros cuerpos sudorosos por el calor del sol se retorcían sobre nuestras toallas mientras tumbados nos poníamos más y más morenos. Aquél día de playa estaba siendo más soleado y caluroso de lo normal, y ni siquiera los constantes viajes que hacíamos al agua eran capaces de mitigar las altas temperaturas. Puede que fuera por esto mismo por lo que ambos teníamos un calentón encima tremendo. Tanto ella como yo llevábamos varios días sin practicar sexo, y la llamada de la naturaleza se hacía oír en aquel día tan caliente. Ya al ponerle la crema protectora a mi chica, empecé a empalmarme al sentir su cuerpo deslizándose entre mis dedos. Es que era mirarle las tetas mientras hacía top less, que no podía remediar ponerme cachondo. Tan duro me puse que tuve que colocarme boca abajo para que nadie se diera cuenta de la tienda de campaña que estaba creando en mi propio bañador.

Aunque a decir verdad, no sabía de quién me estaba escondiendo. Realmente, aquella mañana de junio no había nadie más que nosotros en toda la playa. Era un sueño y un placer tremendo tener toda la costa para nosotros solos, pudiendo hacer y deshacer lo que nos viniera en gana. Al no estar a la vista de ojos indiscretos, empecé a acariciar los suaves pechos de mi chica durante unos minutos. Ella se mostró vergonzosa al principio, pero al darse cuenta que estábamos totalmente solos en aquella playa paradisíaca, se dejó hacer de buen grado. Me gustaba ver como sus pezones iban cambiando de color conforme la luz del sol les bañaba, y yo los frotaba y pellizcaba para que se pusieran duros de placer. Sabía que aquello le volvía loca a mi chica, y no pensaba controlarme en ningún momento.

Tras el tonteo inicial, ella literalmente se abalanzó sobre mí y me comió la boca a besos. Nuestros sexos se rozaban bajo nuestros respectivos bañadores, pero aún y así ambos podíamos sentir el calor que desprendía el otro. Como el que no quiere la cosa, empecé a deslizar mi mano hacia abajo hasta introducirla bajo el biquini de ella. Busqué con mis dedos su suave coñito y empecé a introducirle un par de dedos, abriéndome paso mientras realizaba movimientos circulares. Era una sensación maravillosa poder masturbarla al aire libre y bajo la luz del sol abrasador, porque era como estar en contacto con la naturaleza en todo su esplendo. En este momento sólo había cabida para nosotros dos y el entorno paradisíaco en el que nos encontrábamos.

Ella empezó a hacer lo propio, y sin más dilación me bajó el bañador y empezó a masturbarme con unas ganas tremendas. Con una gran habilidad manual, frotaba mi pene erecto de arriba abajo, consiguiendo ponérmela aún más dura. Cuantas más ganas le ponía ella, con más velocidad le estimulaba su clítoris. Era como si hubiéramos iniciado una carrera para comprobar quién de los dos se iba a correr antes.

No tuvimos que esperar mucho para proclamar un ganador, porque en esta ocasión yo me corrí antes que ella. Eyaculé mientras me pajeaba, cubriéndole toda la mano de mi leche caliente y espesa. Yo aproveché un poco de este semen para lubricar mis dedos y seguir metiéndoselos en su chochito caliente. De esta forma, conseguía lubricar aún más su coñito y llegar más a fondo que antes. Pocos minutos fueron necesarios para conseguir que ella también alcanzara el orgasmo. Con una serie de gemidos, comprobé como las paredes de su vagina se cerraban del placer que le estaba provocando con la punta de mis dedos. Tras la sesión de toqueteo, nos besamos apasionadamente sobre la arena y nos fundimos en un abrazo del que el mar era el único testigo posible.

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