Me habían dicho que aquella chica era una puta en la cama de primera categoría, pero no me podía imaginar que lo fuera a un nivel tan profesional como me demostró aquella tarde. Nada más conocernos, empezó a zorrear a saco conmigo. Se reía con cada cosa que decía y acercaba su cara hasta la mía buscándome en todo momento. Yo no era de piedra, así que empezó a excitarme la idea de acabar acostándonos juntos aquel mismo día. A juzgar por su lenguaje corporal, podía adivinar que ella y yo terminaríamos en horizontal y completamente desnudos, pero no podía imaginar sus grandes habilidades a la hora de pajear un buen rabo con sus manos expertas en la materia.

El caso es que entre tanto tonteo, ella bajó su mano por mis pantalones hasta agarrarme el paquete. Yo me quedé flipando con aquella muestra tan atrevida y desvergonzada, pero al mirarle a los ojos pude ver su mirada de deseo y pasión. Estaba claro que aquella chica quería polla, y yo no tenía ningún problema en dársela sin miramientos. Aquello bastó para que nos fuéramos derechos al baño del bar y poder así follar a saco con algo más de privacidad. Estaba claro que por nuestros pasos atropellados, todo el mundo presente en el local sabía que íbamos a darle al tema. La verdad es que me importaba poco lo que opinaran los demás. Mientras acabara teniendo sexo con aquella rubia despampanante, lo demás estaba de más.

Tras cerrar el pestillo del cuarto de baño, sonrió con su sonrisa pícara y se fue derecha a mi entrepierna. Parecía que tenía una fijación enfermiza con mi rabo, pero yo encantado, por supuesto. Se notaba que era una chica que le gustaba ir directa al grano, cosa de agradecer. Con ella pude saltarme todos los preámbulos y pasos previos a acostarte con una chica. Gracias a su naturalidad y sinceridad, pudimos pasar por alto toda la parafernalia previa para gozar del sexo sin miramientos. Cuando bajó la cremallera de mi pantalón, metió la mano y sacó todo mi rabo duro y erecto, supe que me sus ganas de complacerme eran tan grandes que me esperaba una de las mejores pajas de toda mi vida. Y desde luego, no me equivocaba en absoluto.

Aquella preciosidad era capaz de pajearme a dos manos con una técnica fabulosa que consiguió que perdiera la noción del espacio y del tiempo. El placer que me provocaba era tan grande que todo me daba vueltas y sólo podía sentir atracción y deseo en aquel momento. Pensaba que nada ni nadie podía interrumpir aquel momento, pero me equivocaba. De repente, alguien llamó a la puerta del baño. Yo pretendía seguir como el que no quiera la cosa. No pensaba abandonar el cuarto por nada del mundo. Al menos, no sin antes correrme a gusto con aquel pajote. Pero para mi sorpresa, ella abrió la puerta y dejó pasar dentro a un chico que, a juzgar por lo abultado de sus pantalones, estaba empalmado a más no poder.

Continuará…

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