Aquel día la última función de la noche había sido todo un éxito. El público se arrancó en un aplauso final que duró varios minutos, por lo que todos estábamos muy contentos y orgullosos del trabajo hecho. Tanto yo, el domador y maestro de ceremonias del espectáculo, como las dos chicas rusas contorsionistas que trabajaban conmigo habíamos decidido celebrar aquel reconocimiento por todo lo alto. Por eso, decidimos salir y disfrutar aquella noche de un poco de diversión. Tras tantas horas de ensayo y de trabajo, ya iba tocando un poco de celebración para relajar tensiones y pasarlo bien.

Nos fuimos a la caravana que nos hacía las funciones de vestuario. Ya estábamos acostumbrados a desnudarnos y cambiarnos de ropa unos delante de los otros sin ningún tipo de pudor. Sin embargo, aquel día se respiraba algo diferente en el ambiente. Yo estaba más contento de lo habitual y había empezado a mirar a mis compañeras de espectáculo con otros ojos. Lo cierto es que cuando se quitaron sus monos ceñidos y dejaron al aire sus pechos tan redondos y perfectos, no pude apartar la mirada de ellos. Por un momento, una de ellas me miró a la cara y me pilló observando el panorama de lleno. Se me escapó una sonrisa pícara, a lo que ella me respondió con otra. Al momento, la otra chica cruzó su mirada con las nuestras, y sin mediar una sola palabra, los tres entendimos lo que queríamos decirnos los unos a los otros.

Sin prisas, me acerqué hasta ellas y les ayudé a desnudarse por completo. Ellas, por su parte, me quitaron la chaqueta circense y me bajaron las mallas hasta dejarme en calzoncillos. Ya estaba empezando a ponerme palote, así que la más atrevida de ellas acercó su mano hasta mi polla y empezó a pajearme con sus manos suaves que terminaban en unas uñas largas y tremendamente femeninas. Yo suspiré de placer en cuanto empezó a masturbarme con aquella delicadeza y saber hacer. Por su parte, la otra chica empezó a besarme el cuello y a frotar su coño contra mi cintura. Estaba claro que íbamos a formar un trío sexual la mar de excitante, pero como en la caravana estábamos algo apretados, decidimos volver a la pista del circo para, una vez allí, terminar lo que estábamos empezando.

Ya sobre la arena de la pista, y rodeados por todas las luces de los focos que nos hacían sudar y nos excitaban al mismo tiempo, empezamos a follar como si no hubiera un mañana. Yo me tumbé boca arriba sobre el stand central mientras una de ellas se colocó sobre mi cintura y empezó a cabalgar sobre mi polla dura a más no poder. Mientras, la otra acercó su coñito hasta mi boca para que se lo pudiera comer de arriba abajo. Podía sentir aquellos chochitos rodeando todo mi cuerpo y provocándome placer a raudales, por lo que finalmente exploté de placer y me corrí como hacía mucho tiempo que no lo hacía. Aquel polvazo nos sirvió para liberar tensiones entre nosotros y sentirnos más unidos que nunca.

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