Aquel día mi jefe me llamó por teléfono para que acudiera su despacho inmediatamente. No sabía si esta orden era debida a que había hecho algo mal en mi trabajo o simplemente quería aclarar algún tema sobre las últimas nóminas de agosto. El caso es que siempre que él me llamaba, mi corazón pegaba un brinco y me sentía súper alterada y excitada al mismo tiempo. Cierto es que desde hacía ya varios años me sentía muy atraída hacia mi jefe. No sabía describir se esto se debía al morbo que me causaba su autoridad sobre mí, o quizá era porque estaba muy bueno y más de una vez había tenido sueños eróticos con él. El caso es que nada más colgar el teléfono, sentí un cosquilleo en mi interior y me fui derecha hasta su despacho.

Llamé a la puerta con cierto nerviosismo y prudencia. No me gustaba interrumpir de repente y llegar a molestarle. Con su voz grave y varonil me dijo que pasara, a lo que yo obedecí como hacía siempre. Con una sonrisa en mi cara le dije: “¿en qué puedo ayudarle?”. Él me dijo que me acercara hasta su silla para que comparáramos unos números que parecía que no le cuadraban del todo. Rápidamente me di cuenta de que aquello era simplemente una excusa para verme, porque revisando todos los documentos era obvio que todo estaba cuadrado a la perfección. No obstante, él me dijo que prefería revisarlo conmigo para asegurarse, ya que yo era una trabajadora excelente y así me podría preguntar cualquier tipo de consulta que le pudiera surgir.

Realmente estábamos muy cerca el uno del otro. Podía sentir su respiración cerca de mi cara, y aquel simple detalle conseguía excitarme como una auténtica perra en celo.  Por un momento temí que pudiera darse cuenta que me estaba poniendo la piel de gallina, así que decidí respirar profundamente y calmarme para que no fuera tan evidente. No obstante, le pillé mirándome de pleno las tetas mientras yo suspiraba. Entonces nuestros ojos se cruzaron durante unos pocos segundos, los suficientes para saber lo que ambos sentíamos. No hicieron falta ni palabras, porque tanto él como yo nos abalanzamos el uno hacia el otro y nos besamos.

Fue un momento tan excitante e impactante para mí que me costó algo reaccionar. Simplemente me dejé llevar y seguimos juntando nuestros labios hasta que las lenguas se tocaron y aquel simple beso fue adquiriendo un tono mucho más morboso y caliente. Él acercó su mano contra mi nuca y me acarició el cuello mientras seguíamos enrollándonos sin parar. Tanto es así que no pude reprimir un gemido de placer que él aceptó de buen grado con una amplia sonrisa. Ahora sí estaba convencido de que yo suspiraba por él, así que estaba claro que aquel gesto inocente acabaría convirtiéndose en un buen revolcón en su despacho. Afortunadamente, mi jefe tenía un sofá en uno de los laterales de su despacho, por lo que en un arrebato maravilloso, me cogió en brazos y me lanzó sobre  el sofá para follar sin descanso.

Continuará…

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