Ahí estaba yo, rindiéndome a la evidencia y tendiendo sexo salvaje y peligroso cono mi propio jefe en su despacho. Mi sueño erótico más recurrente en mis noches de soledad está convirtiéndose en realidad de un momento para otro y aún no había tenido tiempo para asimilar todo lo que estaba ocurriendo de un modo tan rápido y sorprendente. Ni en mis sueños más húmedos hubiera podido nunca imaginarme a mí misma follando con él en el mismo puesto de trabajo. Aquello superaba todas las horas que había dejado volar mi imaginación y me había recreado una escena de sexo junto a él de mil y un modos diferentes. No obstante, la realidad estaba superando la ficción sin ningún tipo de dudas.

Para empezar, diré que su cuerpo desnudo era muchísimo mejor que el que había creado yo en mi mente. Yo ya había recreado con antelación cada parte de su anatomía, pero no me había llegado a imaginar lo bueno que estaba realmente bajo aquellas camisas que llevaba día tras día. Sin ropa, desde luego que ganaba aún más que vestido. Mi coñito empezó a lubricar como un loco, preparándose para la diversión sexual que se avecinaba. Ahora sí que sí ya no había posibilidad de arrepentimiento y vuelta atrás. Lo que habíamos empezado ya estaba hecho y lo mejor que podíamos hacer era terminar y dejar el pabellón bien alto. Que no se dijera, después de tantos pensamientos lujuriosos dirigidos hacia él, que yo no iba a ser capaz de recrearlo en la vida real.

Me abrí de piernas sobre su mesa y dejé que me follara como una verdadera zorra en celo. Me dejé llevar tanto por la situación que no reparé en si chillaba y gemía más de la cuenta. Al fin y al cabo, cualquiera podía entrar en aquel momento y pillarnos en pleno apogeo. Todos mis compañeros de trabajo estaban a escasos metros de nosotros en aquel momento, pero en vez de asustarme ante este pensamiento me excité aún más. Por supuesto él ya sabía todo lo que sentía en aquel momento, así que jugó con ventaja y me echó uno de los mejores polvos que pueda recordar haber echado anteriormente. La mesa vibraba con cada movimiento de cintura que hacía al ritmo del momento. A veces más rápido, otras más despacio, pero siempre con la pasión que nos caracterizaba.

Mientras me empalaba con su polla dentro de mi coño, sentía que me llegaba a lo más hondo de mi ser. Yo me agarraba a su cuello mientras nos besábamos con la pasión del primer polvo. Sudorosos y cansados de tanto trajín, aún teníamos que dar el último aliento para culminar aquel momento tan caliente como se merecía. Entonces él me avisó que estaba a punto de correrse. En contra de lo que él pudiera pensar, seguí moviendo mi cintura porque quería que se corriera dentro de mí. Él captó la indirecta a la primera, por lo que en un momento estábamos los dos sumidos en el más grande de los placeres.

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