sexo a horas intempestivas relato erotico

Eran las cuatro de la mañana y ni Roberto ni yo podíamos pegar ojo. Nuestros vecinos del piso de arriba estaban montando una fiesta y el escándalo era monumental. Desde luego, no había forma de conciliar el sueño de aquella manera. Tras estar dando vueltas en la cama, los dos decidimos que ya que no era posible dormir, podíamos tener una buena sesión de sexo a horas intempestivas. Quizá así se nos pasara el cabreo, y desde luego que tras la pasión, seguro que estaríamos más relajados y dispuestos a dormir del tirón. Propuse la idea a Roberto y él, como es natural, aceptó desde el primer momento.

Él me agarró fuerte entre sus brazos y empezamos a besarnos poco a poco, como quitándonos aún la pereza de nuestros cuerpos. Sin embargo, a los pocos minutos ya estábamos a tope de cachondos y listos para disfrutar del buen sexo como dios manda. Nos desnudamos mutuamente, despojándonos de nuestra ropa de cama. Yo sólo llevaba una camiseta y la ropa interior, pero Roberto me arrancó las bragas y el sujetador prácticamente a bocados. Eso me puso a cien, así que le quité los calzoncillos con unas ganas locas y empecé a comerle la polla de forma inmediata.

Subía y bajaba mi cabeza mientras le proporcionaba placer a mi novio con la única ayuda de mi boca y mi lengua. Le estaba haciendo verdaderas virguerías para que disfrutara a más no poder. Con la punta de mi lengua repasaba todo el contorno de su capullo para que sintiera lo que era el placer de verdad. Tras esta sesión de sexo oral, él se agachó y empezó a corresponderme comiéndome el coño bien comido. Era una delicia sentir su lengua dentro de mi coñito hambriento y  que me penetrara con ella. Sabía muy bien cómo ponerme cachonda y dónde estaban mis zonas erógenas para estimularlas como es debido.

Ahora que ya habíamos tenido un buen rato de juegos preliminares, decidimos continuar con la penetración pura y dura. Roberto me clavó su polla hasta el fondo, haciéndome así ver las estrellas del gusto que me dio. Con toda su potencia contenida me follaba sin parar y a un ritmo frenético. Nos daba igual que fuera la hora que fuera, porque aquel momento de placer era única y exclusivamente para nosotros dos y para nadie más. Ya no recordábamos cómo había empezado todo. Lo único que nos importaba era pasarlo bien y alcanzar el orgasmo más puro e intenso que jamás hubiéramos sentido.

Roberto siguió penetrándome sin dejarme un momento de respiro. Yo estaba totalmente abierta de piernas para que pudiera metérmela lo más a fondo posible de mí misma. De repente él no pudo más y se corrió dentro de mi coño sediento de su leche caliente. Era genial sentir aquel chorro dentro de mi ser, pero la verdad es que yo aún no había logrado el tan ansiado orgasmo. Por eso, tras su corrida monumental, Roberto se agachó y me empezó a comer el coño de nuevo. Aquello me puso tan cachonda que a los pocos segundos yo también conseguí vibrar de placer. Mi espalda se arqueó mientras mi pareja me metía la lengua hasta el fondo. Fue una sensación maravillosa.

Desde luego, ya poco nos importaba el ruido, porque tras aquel polvo tan bien echado, el resto para nosotros era ya historia. Nos dormimos abrazados y acurrucados el uno con el otro, exhaustos de todo el ejercicio horizontal que acabábamos de practicar.

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