De este año no pasaba. Me había propuesto perder esos quilos de más y moldear mi cuerpo para que este varano todos los hombres cayeran rendidos a mis pies. Por eso, me había vuelto una asidua del gimnasio. Día sí y día también, me acercaba hasta el “gym” de mi barrio para sudar la gota gorda y conseguir así una figura envidiable. Pero últimamente había algo que me obsesionaba por encima de mi reto personal, y era un profesor que me traía de cabeza y estaba tirándome la caña en plena clase de spinning. Al principio pensé que eran imaginaciones mías, pero cuando un buen día aquel pedazo de tío me hizo quedarme unos minutos con él al terminar la clase, el corazón me dio un vuelco y empecé a pensar que sus intenciones iban más allá que las de la típica relación profesor – alumna.

Cuando nos quedamos a solas los dos, él se acercó por detrás de mí y me dijo que me iba a enseñar a hacer el último ejercicio en la postura correcta. Yo me dejé hacer, moviendo mis brazos a su antojo y arrimándome lo máximo posible a él. Nuestras cinturas estaban a escasos centímetros la una de la otra, consiguiendo que me pusiera a cien en tan solo unos segundos. De repente, me giré y nos besamos apasionadamente. El sudor de nuestros cuerpos recién ejercitados hacía que resbaláramos y dotaba a la escena de un toque de morbo extra. Además, el hecho de que nos pudiera ver cualquier persona tras la puerta de la clase también me ponía a cien.

La cosa se fue calentando sin casi darnos cuenta. De repente, me vi tumbada a mí misma sobre la máquina de pesas, mientras aquel tío recorría con su boca todo mi cuerpo y me hacía enloquecer con cada lametazo que me metía. Yo quería demostrarle que estaba dispuesta a llegar hasta el final, así que empecé a desnudarme hasta dejar mis tetas al descubierto. Aquello le puso como una moto, porque nada más verlas hundió su cabeza entre mis pechos y jugueteó con ellos todo lo que quiso y más. Mientras, metió sus dedos en mi coñito y empezó a masturbarme sin ningún tipo de reparo. Al ver mi cara de satisfacción y vicio, empezó a meterle más caña y meterme los dedos hasta el fondo.

Aquello provocó en mí una serie de gemidos y gritos que obligaron a mi profesor a taparme la boca con su mano. Ese simple gesto consiguió ponerme cachonda como una perra, lubricando mi coñito al momento y dejándome preparada para la penetración pura y dura. Así que me coloqué encima de él, me abrí de piernas y empezamos a follar como auténticos salvajes. Ya nos daba igual todo y todos, lo único que queríamos era fundirnos el uno al otro en un festival de sexo, sudor y pasión descontrolada. Nada ni nadie nos podría parar, así que dejaos atrás nuestras inhibiciones y nos entregamos al sexo en su máxima expresión.

Continuará…

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