El gimnasio parecía vacío y nosotros ya estábamos totalmente entregados al vicio y la pasión más pura y excitante que jamás antes haya experimentado. Ya no era sólo el morbo que me daba follarme a mi propio profesor de gimnasio, sino que además lo estábamos haciendo en un sitio público y eso dotaba a la escena de un toque extra de interés. Nuestros cuerpos sudados de arriba abajo se entrelazaban en una espiral de sexo y perversión sin límites, dedicándonos caricias, lametones y gemidos por doquier. Desde luego, cualquiera que nos estuviera viendo en aquel momento completamente desnudos y entregados cien por cien al sexo más puro y sano, estaría encantando ante semejante espectáculo erótico.

Aprovechamos el primer banco de pesas que nos encontramos para tumbarnos sobre él y empezar a follar como auténticos descosidos. Yo abrí mis piernas y dejé que el profesor me introdujera su enorme y erecto pollón por todo mi coño. Todo mi cuerpo se estremecía con cada embestida que me pegaba, haciéndome botar de placer y gemir como una auténtica perra en celo. Mis tetas se movían con cada penetración, y él se recreaba tocándomelas y masajeándomelas sin parar. Era una verdadera delicia sentir su polla dentro de mí al mismo tiempo que excitaba mi cuerpo de arriba abajo.

Decidimos probar diferentes posturas ayudándonos de toda la maquinaria que había en la sala. Levanté una de mis piernas hasta dejarla sobre un mueble de pesas mientras me colocaba a cuatro patas. Él se acercó por detrás hasta endiñármela hasta el fondo. En aquella posición logré correrme hasta dos veces seguidas. Dos orgasmos, cada uno más intenso que el anterior, me sobrevinieron de repente y sin previo aviso. Fue una experiencia sexual totalmente inolvidable, ya que yo nunca antes había disfrutado tanto del sexo como aquel día. Yo notaba que él también lo estaba gozando al máximo, ya que por su cara de esfuerzo y sus gemidos era evidente que le quedaba muy poco para correrse y llenarme con toda su lefa espesa y caliente.

De repente nos dimos cuenta que un alumno del gimnasio nos estaba espiando desde la rendija de la puerta. Yo hice como si no me hubiera dado cuenta, pero la verdad es que el hecho de saber que alguien nos estaba espiando y disfrutando de nuestra escena porno me ponía a cien. Así que no dije nada y seguimos entregados al sexo duro. Volvimos a cambiar de postura. Ahora yo me encontraba boca arriba y con las piernas por encima de mi cabeza. Siempre había sido una chica muy flexible, y sabía que poniéndome de aquel modo conseguiría que mi profesor terminara corriéndose más pronto que tarde. Pues dicho y hecho. A los pocos minutos me dijo que no podía aguantar más, y acompañado de cien gemidos y bufidos que salían por su boca del esfuerzo sobrehumano que estaba realizando, me llenó con su leche caliente todo mi coñito deseoso de recibir aquel regalo dentro de mí.

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