follar en la cocina relato erotico

Mientras yo estaba fregando los platos, mi novia se acercó a mí por detrás y empezó a juguetear y pellizcarme el culo. Le encantaba sacarme de quicio cuando me ponía a limpiar porque sabía que era algo que odiaba con toda mi alma. Sin embargo, aquella vez se notaba que me estaba buscando con otro motivo algo más jugoso. Era obvio que quería guerra, así que empecé a lanzarle agua fría cada vez que me provocaba. Tanto se alargó el juego, que entre tanto tira y afloja acabamos besándonos apasionadamente como si fuéramos dos adolescentes. Una cosa llevó a la otra, y cuando ella notó que yo me estaba empalmando cosa mala, decidió cerrar el grifo del agua y empezar a desnudarme con sus propias manos.

Yo me puse burrísimo con tanto jueguecito, claro. Ella literalmente me estaba arrancando la ropa, así que yo hice lo mismo por mi parte. Empecé a desnudarla de arriba abajo hasta dejarla en braguitas y sujetador. La verdad es que mi novia tenía un tipo alucinante, unas tetas bien sabrosas y una cintura que a mí me volvía loco y me llevaba a la perdición. Vamos, que estaba muy buena, vaya. Contemplé su cuerpo semidesnudo durante unos segundos, hasta que ella decidió adelantar la faena y quitarse ella misma la ropa interior. Lo hizo al tiempo que contoneaba su cuerpo en una especie de striptease improvisado, pero tremendamente sugerente.

En cuanto se desnudó por completo no tuve más remedio que abalanzarme sobre ella. La cogí en brazos y la subí en lo alto de la encimera de la cocina. No quería esperar y pensaba penetrarla ahí mismo, entre platos y fogones. Yo ya estaba listo para la acción, así que ella se abrió de piernas y empecé a follármela sin compasión alguna. Le pegaba cada embestida que sus tetas vibraban y botaban sin control, de arriba abajo. Era un bamboleo fascinante capaz de hipnotizar a cualquiera con aquel movimiento tan sugerente. No pude resistirme y le agarré las tetas con mis propias manos, acariciando sus pezones y recreándome en aquel par de joyas de la naturaleza.

La altura de nuestra cocina era la perfecta para que mientras ella estaba tumbada sobre la encimera, yo pudiera penetrarla de pie sin la menor complicación. Quedábamos a la misma altura, por lo que no nos teníamos que preocupar de nada más que no fuera disfrutar de aquel momento tan caliente y sensual. Además, cuanto más gritaba ella por el placer que le provocaba mi polla grande y dura dentro de su coñito húmedo y caliente, más cachondo me ponía. Su cuerpo de infarto, sus ojos mirándome y suplicándome que le follara mucho más fuerte con la mirada, y su boca entreabierta que no dejaba de lanzar gemidos de placer era un conjunto maravilloso que conseguía excitarnos a ambos por igual.

Por fin llegó el esperado momento del orgasmo. Habíamos ido acompasando nuestros ritmos para conseguir corrernos al mismo tiempo, y vaya si había funcionado. Justo en el momento en el que ella gritaba de placer, yo me corría dentro de su coño. Una explosión de placer inundó nuestros cuerpos de arriba abajo. Sentimos toda la vorágine del éxtasis en su máxima expresión. Desde luego, aquel polvo improvisado había sido uno de los mejores que habíamos tenido.

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