Alguna vez lo hemos hecho. Ir a casa del vecino a pedir sal. Normalmente vamos, nos sale el típico vecino pesado al que sólo le hablamos para estas ocasiones y luego nos vamos. Pero raras veces nos pasa como al tío del vídeo. Va en busca de sal, y se encuentra a la hija del vecino. Un pibón joven con un cuerpecito de infarto. Empiezan a hablar, una cosa lleva a la otra… y ¡zas!.
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