Os aseguro que nunca antes en toda mi vida había experimentado el sexo de aquella manera tan intensa y placentera. A lo largo de mi vida sexual me había acostado con cientos y cientos de hombres, pero aquella fue la primera vez en la que de verdad me estremecí y sentí vibrar todo mi cuerpo con el orgasmo femenino más maravilloso de todos los tiempos. Quien me iba a decir a mí que al explorar mi sexualidad en otros terrenos encontraría la felicidad absoluta. Nunca antes me había imaginado a mí misma acostándome con otra mujer, pero gracias a ello por fin me conocí a mi misma y descubrí mi verdadera identidad sexual.

Como en la mayoría de los casos, todo comenzó con un juego inocente, pero que con el paso de los minutos todo fue cobrando un contexto pornográfico que me excitaba de un modo prohibido y pecaminoso. Una amiga y yo estábamos de risas, contándonos todas las novedades y compartiendo intimidades. Esto lo habíamos hecho multitud de veces, pero nunca antes habíamos cruzado la delgada línea que separa la amistad de la pasión entre amigas.

Fue mi amiga la que tuvo el valor suficiente para abalanzarse sobre mí y plantarme un beso en los labios. Yo estaba algo confusa, porque la verdad es que había disfrutado mucho de aquel arranque de valentía. No obstante, me faltaba una señal más para lanzarme de lleno a experimentar mi vertiente lésbica. Gracias a la confianza que tenía con ella, no me costó nada desnudarme y dejar que ella tocara mis tetas. Pese a habernos visto desnudas en multitud de ocasiones, aquella fue la primera vez que sentí el deseo y la pasión en mi propio cuerpo. Tanto mi cabeza como mi corazón me indicaban que estaba haciendo lo correcto y que tenía que seguir para descubrir lo que realmente me gustaba en materia sexual. Y afortunadamente, tiré hacia adelante con todas las consecuencias, y es algo de lo que no me arrepentiré jamás.

Mi amiga acercó su lengua hasta mis pezones y empezó a lamer la aureola hasta dejarlos bien duros y sobresalientes. Yo estaba tan cachonda que mi coñito empezó a lubricar de forma automática. Hacía mucho tiempo que un hombre no había conseguido calentarme de aquel modo, así que me dejé llevar y experimentar así un nuevo mundo de sensaciones y caricias que se abría ante mis ojos. Ella tenía una delicadeza y sensibilidad a la hora de hacer el amor conmigo que no se podía comparar con nada ni nadie.

Finalmente me atreví a mirarla a los ojos, y con una sonrisa le dije que quería llegar con ella hasta el final. Sus ojos brillaron como el fuego más ardiente, diciéndome sin palabras que aquella noche íbamos a follar como verdaderas perras en celo, juntando nuestros coños y masturbándonos mutuamente hasta alcanzar el más alto de los placeres terrenales. Una verdadera locura sexual que os relataré con todo lujo de detalles.

Continuará…

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